Le gustaba mirar a las chicas subir por la escalera. Él debajo de la escalera erecto y alegre. Siempre riéndose de quien no entendía. Siempre molestando a quien si entendía. Estaba al límite de la imbecilidad, pero para mí su inteligencia no estaba en cuestión. Me contó cuando ya teníamos como unos dieciséis u diecisiete años, en absoluto secreto, que en un paseo del curso se había acostado con una compañera. Luego se les unió otro compañero y así hasta que la mitad de nuestros amigos en común, que no eran más de cuatro, terminaron metidos en la misma cama y en las mismas condiciones de desnudez y excitación. Una vez, esa misma compañera nos relato a mí y a otros dos compañeros, qué había sentido cuando su primer pololo la penetró en la cocina de su casa. Muchos decían que ella era una puta, yo pienso que solo pensaba en pasarla bien, aunque luego siempre se arrepintiera.
Yo no fui al paseo, pero nunca he pensado que lo que él me contaba fuera falso. Pablo solía diseñar aviones en clases y cuando los profesores parecidos a perros policiales lo sorprendían bosquejando, le decían que dejara de hacer estupideces y que se preocupará de aprender las materias que si le servirían para ser alguien en la vida. Yo entiendo a los profesores y los odio, principalmente, por suponer que lo que uno puede decir sea importante para la vida de otros, como si la vida fuera lo mismo para todos, como si la vida fuera algo más que un laberinto con centro abismal.
Pasado el tiempo, Pablo se fue a un país de Centroamérica, no sé a cual con exactitud, y desde el último año de colegio no supe nada más de él. Sin duda fue mi primer amigo. De él aprendí que era más fácil mentirle a mi madre que a un amigo. La amistad de los niños -al menos de los niños que yo conocí, del niño que yo fui- estaba acompañada por un extraño principio de celo. Es probable que no sea una generalidad y sinceramente no me importa si lo es o no, pero así es como recuerdo la amistad de niño. Una amistad egoísta. En reiteradas ocasiones me ocurrió que los pocos amigos que tuve se enojaban porque jugaba con uno o con otro. No debido a mi popularidad –la cual era nula y sigue siéndolo, por cierto- sino al reclamo por el tiempo. Al parecer el tiempo es una cuestión controversial desde la infancia. Sinceramente yo también sentí reiterados principios de celo cuando mis amigos se olvidaban de “nuestra” amistad. Pero con la misma sinceridad puedo decir que en mi juventud no volví a celar a un amigo. La soledad es una cuestión que lo sumerge a uno en un estado de egoísmo interno, a-externo, en donde el yo apresura, e inventa entre comillas, al espíritu a su propio tiempo. Esto en mi caso fue natural, de muy pequeño me acostumbré a estar sin niños de mi edad. Pablo olvidó nuestra amistad, pero para entonces yo tenía ya diecisiete años. Desde cuarto medio que no tenía noticia de Pablo. En una azarosa reunión con un par de ex compañeros, hace unas semanas, me contaron que mi amigo de la infancia reconocía su homosexualidad. No me extrañó. Tal como yo había sido oyente, hace unos nueve años atrás, de la historia de su alocado encuentro sexual -en el cual habían hecho gritar como una loca a nuestra compañera- ahora, otro había sido el receptor de una declaración igual de pública. Hace nueve años me llamaba la atención el hecho que Pablo hubiera acompañado a mi compañera a abortar. Ahora me llamaba la atención el que ya no se pusiera a esperar a que las chicas subieran la escalera.
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